Mis comienzos en el mundo del vino no nacieron de una curiosidad previa ni de un interés por el alcohol. De hecho, durante mucho tiempo no bebía nada; simplemente no me atraía. Todo cambió gracias a las personas que, sin proponérselo, terminaron marcando una etapa muy importante de mi vida.
Teresa, mi amiga del alma, fue la primera en acercarme a ese universo. En aquel entonces trabajaba como directora de mercadeo de una distribuidora española, y fue a través de ella que conocí mi primer vino: un Chardonnay Domaine St. George. Recuerdo que no fue solo una copa, sino una especie de descubrimiento pausado, casi silencioso. Ese vino, sencillo pero significativo para mí, me acompañó durante muchos años como punto de partida de todo lo que vendría después.
Teresa, junto a Ignacio —su esposo en aquel momento y mi mejor amigo— se convirtieron en mis dos “ángeles guardianes” en una etapa en la que no todo era fácil ni exitoso en mi vida. Ellos estaban ahí, de forma natural, sin grandes discursos, pero con una presencia constante que hacía la diferencia.
Teresa me fue abriendo puertas a otros vinos, poco a poco, sin prisa, dejándome simplemente probar y descubrir. Ignacio, por su parte, tenía una pasión por la cocina que terminó siendo clave en mi aprendizaje. A través de él comenzó mi educación en el maridaje: entender que el vino no vive solo, sino que dialoga con los sabores, con los aromas, con la mesa compartida.
Y en ese entorno también hubo una presencia fundamental: Celso y Flavia, los padres de Teresa. Ellos me brindaron apoyo en momentos particularmente difíciles, cuando la vida no se mostraba sencilla. Su apoyo no fue solo emocional, sino también humano, cotidiano, de esos que sostienen sin hacer ruido.Con el tiempo entendí que mis primeros pasos en el vino no fueron técnicos ni académicos, sino profundamente personales. El vino llegó después; primero llegaron las personas. Y con ellas, sin saberlo, empezó todo un camino de aprendizaje, gratitud y descubrimiento.



