
Los domingos de Alsacia
Hay recuerdos que no necesitan fotografías para permanecer vivos. Basta cerrar los ojos y regresar a aquel pequeño pueblo de Alsacia, Riquewihr, donde pasé tantos domingos con mi familia durante los años que viví en Suiza. Riquewihr parecía sacado de un cuento: sus calles estrechas, sus casas de colores, los balcones adornados con flores y ese aire de otra época que, con razón, inspiró parte de la estética de La Bella y la Bestia.
Aquellos domingos tenían un ritmo especial. Mi esposa caminaba lentamente por las calles, entrando y saliendo de las pequeñas tiendas de artesanía local, mirando los detalles, conversando con los artesanos y curioseando en los puestos del mercadillo. Mientras tanto, Gabriel, Gerardo y Alejandro tenían su propia aventura: corrían, jugaban y descubrían cada rincón del pueblo como si les perteneciera. Yo los observaba y pensaba que esos eran precisamente los momentos que uno quisiera guardar para siempre.
Y entonces llegaba la hora de comer. Una tarte flambée, recién salida del horno, acompañada de un Riesling de Alsacia bien frío, era suficiente para detener el tiempo. No hacía falta mucho más. La comida, el vino y la familia convertían un domingo cualquiera en uno de esos días que se quedan grabados en la memoria.
Pero Riquewihr también me regaló una amistad que todavía vive en mi corazón: Christoff, un pintor local. Nuestra amistad nació de esas casualidades maravillosas que tiene la vida. Muchas tardes terminábamos sentados frente a su taller, compartiendo una buena botella de vino de la región —muchas veces un Hugel— y, cuando la ocasión lo ameritaba, un Montecristo Edmundo.
Nuestra conversación era todo un espectáculo. Él hablaba en su inglés quebrado y yo hacía lo posible con mi francés igualmente imperfecto. Pero nos entendíamos perfectamente. Hablábamos de la vida, del arte, de nuestras familias, de nuestros países, de vinos y de cualquier cosa que se nos ocurriera. Al final, como si aquel ritual estuviera escrito de antemano, terminábamos la tarde con una carcajada, un apretón de manos y un sencillo:
—Hasta el próximo domingo.
Y así fue durante muchos domingos de aquellos años en Suiza. La Alsacia estaba, como decíamos, a vuelo de pájaro. Bastaba cruzar la frontera para sentir que habíamos entrado en otro mundo. Un mundo de vino, arte, comida, pequeñas tiendas, calles de cuento y, sobre todo, de buenos momentos compartidos.
Hoy, cuando pienso en aquellos domingos, no recuerdo solamente el pueblo. Recuerdo a mi esposa caminando entre las tiendas; recuerdo a Gabriel, Gerardo y Alejandro corriendo por aquellas calles; recuerdo el aroma de la tarte flambée, el Riesling frío y las tardes frente al taller de Christoff.
Pero hay un recuerdo que ocupa un lugar todavía más especial.
El último domingo que nos vimos, Christoff me regaló una de sus obras. La dedicó a mi esposa y a mí. Hoy esa pintura forma parte de la colección de arte de nuestro hogar. Cada vez que la miro, no veo solamente una obra de arte. Veo a un amigo. Veo Riquewihr. Veo aquellos domingos. Veo a mi familia junta y escucho, casi como si fuera ayer, aquella despedida:
—Hasta el próximo domingo.
Quizás por eso algunas amistades no necesitan verse todos los domingos para permanecer. Algunas se quedan para siempre, igual que los buenos recuerdos, guardadas en una esquina del corazón y, en nuestro caso, también en una pared de nuestro hogar.
Buenos domingos aquellos de Riquewihr. Buenos domingos los que la vida me regaló en Alsacia. Y qué afortunado fui de haberlos vivido con mi familia y con mi amigo Christoff.




