
Aquel verano en Galicia del 2004, tenía el ritmo de las cosas importantes: intenso, exigente y, al mismo tiempo, lleno de momentos que uno no planea pero que terminan marcando la memoria.
Mi esposa llegó en junio con nuestros tres hijos. La casa, que normalmente estaba en silencio durante mis largas jornadas de trabajo, de repente se llenó de vida, risas y movimiento constante. Un mes después llegaron mis suegros, Joche y Nana, “por tres semanas”… aunque, como ocurre con las buenas historias, su estancia terminó extendiéndose a tres meses.
Yo estaba en plena puesta en marcha de una planta de manufactura farmacéutica. Las jornadas eran largas, comenzaban de madrugada y terminaban entrada la noche. Era de esos proyectos donde cada día trae su propio desafío y donde el cansancio se acumula sin pedir permiso.
Pero al llegar a casa siempre había algo que cambiaba el tono del día.
Joche tenía una rutina que nunca anunciaba, pero que siempre cumplía. Me esperaba con una mesa sencilla y perfecta: unos pimientos de Padrón recién hechos, en su punto justo entre lo dulce y lo impredecible, y una botella de albariño frío que parecía anticipar el alivio del final de la jornada. Cuando no, era una Botella de Pago de Carraovejas.
No hacía preguntas urgentes ni juicios. Solo decía lo necesario. Y así, con esa naturalidad suya, abría el espacio para conversar.
Yo le contaba cómo había sido el día: los problemas en la planta, las decisiones que no podían esperar, los pequeños avances que a veces valían más que los grandes logros. Él escuchaba con atención, como quien entiende que cada proceso tiene su propio tiempo de maduración.
Después era su turno. Me hablaba de Galicia, pero de otra Galicia: la de los pueblos tranquilos, las carreteras secundarias, las plazas donde los niños jugaban sin prisa. Me contaba sus paseos con Nana, con mi esposa y con los nietos, descubriendo rincones que yo apenas alcanzaba a ver de reojo entre trabajo y trabajo.
Había algo profundamente equilibrado en esa escena. Mientras yo vivía inmerso en la urgencia de la industria, Joche me recordaba, sin decirlo directamente, que la vida también ocurre en los intermedios: en una terraza, en una conversación lenta, en un plato de pimientos compartidos al final del día.
Nana, por su parte, aportaba el otro pilar de aquel verano: la calma. Su presencia hacía que todo tuviera un ritmo más humano, más doméstico, más completo. Era como si entre los tres hubieran creado un pequeño refugio dentro de la intensidad del proyecto que me rodeaba.
Con el paso de las semanas, lo que empezó como una visita familiar se convirtió en una convivencia extendida, casi natural. Galicia, con su manera serena de absorber el tiempo, hizo el resto.
Hoy, cuando recuerdo ese verano, no pienso solo en la planta en marcha ni en las largas jornadas. Pienso en una mesa sencilla al final del día, en el sonido del descorche del albariño y en Joche esperando, como si ese momento fuera la verdadera pausa entre dos mundos.
Y entiendo que, sin proponérselo, él me enseñó algo tan importante como cualquier proyecto: que incluso en medio de la máxima exigencia, siempre hay espacio para una mesa compartida y una conversación que devuelve el equilibrio.
Esto va dedicado a Joche y Nana que ya no estan físicamente con nosotros pero siempre en nuestra mente y nuestros corazones.



