Don Julio y el sabor del mar de Galicia

Si Don Antonio Montero me enseñó a conocer el alma de Galicia a través de su historia, el ingeniero Julio Iglesias, orgulloso gallego de Ferrol, me descubrió otra de sus mayores riquezas: el mar.
Julio decía que los mejores manjares no necesitaban adornos, solo respeto por el producto y la compañía de un buen Albariño. Con él aprendí que comer mariscos en Galicia no era simplemente sentarse a la mesa; era participar en un ritual donde cada bocado contaba una historia de las rías y del trabajo de los hombres y mujeres que viven del mar.
Fue él quien me enseñó a saborear un centollo, a descubrir la delicadeza de las navajas apenas abiertas al vapor, el dulzor de las gambas, el sabor intenso y único de los percebes, la elegancia de una lubina perfectamente preparada y la textura inconfundible de unas cigalas recién cocidas.
Mientras compartíamos aquellos festines, Julio hablaba del Atlántico con el orgullo de quien había crecido junto a él. Me explicaba que el Albariño no era solo un vino, sino el compañero perfecto para resaltar los sabores del mar sin robarles protagonismo. Aprendí a apreciar sus aromas frescos, su acidez equilibrada y la manera en que cada copa parecía prolongar el sabor de cada marisco.
Con el tiempo entendí que aquellas comidas eran mucho más que una experiencia gastronómica. Eran una celebración de la amistad, de la generosidad gallega y del privilegio de compartir una mesa donde nunca faltaban las conversaciones, las risas y un brindis por la vida.
Cada vez que hoy descorcho una botella de Albariño o encuentro en mi plato alguno de aquellos tesoros del mar, inevitablemente regreso a Galicia y recuerdo con gratitud al ingeniero Julio Iglesias, quien me enseñó que el verdadero lujo no está en la abundancia, sino en saber apreciar los regalos que el mar ofrece a quienes lo respetan.



